Se sabe, es propio de los procesos sociales su carácter complejo. Hay avances y retrocesos, hay auges y amesetamientos; momentos excepcionales de empuje uniforme y otros generales de pequeños pasos en múltiples direcciones; ocurren eventos sincrónicos y otros en etapas, con grandes desfasajes; se dan múltiples chispas aisladas y fuegos voraces. Hay indiferencia, en general, mucha; hay inercia y reacción, hay quienes fingen y quienes traicionan; hay dubitativos, firmes y radicales; hay divergencias parciales, totales y, a veces, irreconciliables. A veces, hay concordancias, como romances, como una melodía al unísono de elementos discretos que dan la apariencia de uno solo.
Existe todo un gran universo de átomos que se mueven, se encuentran, se rozan, se unen, se repelen. Un universo en donde se conjugan fuerzas dispares, desde muy pequeñas hasta gigantes. Fuertes y débiles, jóvenes e inexpertas fuerzas y otras con tradición, vicios y manías. Nos movemos sobre una red de situaciones objetivas sumándole toda una maraña de filtros subjetivos. De miradas, de pareceres, de expresiones que surgen de crianzas, generaciones, procedencias, hábitos, prejuicios, modos de ver el mundo individual que marcan la manera de ver el mundo social.
Por estas cosas se dice que los procesos sociales son complejos. No son unidireccionales a un ritmo de velocidad constante y enteramente predecible. Pero es posible que haya ciertas reglas que, aunque no se cumplan indefectiblemente, nos pueden ayudar a pensar, a entender, a accionar. La hipótesis es esta: los procesos de cambio social son ineluctables. Una vez puestos en marcha, más tarde o más temprano, se desarrollan hasta su plenitud. Es verdad que en ocasiones pueden entrar en decadencia, desviarse de sus motivos iniciales o retrotraerse a situaciones anteriores. Pero, en general, los procesos de cambio social, una vez surgidos, continúan hasta concretar su idea seminal. Nosotros proponemos ir en esa dirección, hacia el cambio estructural de las formas y prácticas sociales hegemónicas.
Hacia el siglo XVIII la Revolución Francesa abrió la puerta al mundo moderno y sus ideales aún siguen teniendo eco por distintos rincones del planeta. Un siglo más tarde, en el seno de ese mundo maduró un ideario sobre esta nueva sociedad burguesa y sus inherentes injusticias. Ya no se pensaba en el ciudadano de una nación sino en los obreros de todas las naciones, ya no se bregaba por la defensa de la propiedad privada sino por su abolición. La lucha de clases era el motor de la historia para este nuevo sujeto social. Todo el siglo XX puede pensarse como la disputa constante entre estos dos tipos de sociedad que pujaban por darse lugar.Con todo lo que hay que actualizar las teorías sociales, con todo lo que hay que aprender de la práctica, con todo lo que hay que aprender del movimiento obrero argentino y del mundo, con nuestras idas y vueltas; nosotros nos proponemos el camino del cambio social por obra de los trabajadores, por la construcción de un orden social con sus propias instancias de organización y gobierno. Este es nuestro pequeño espacio de contribución.
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