Una sociedad capitalista es una sociedad partida en clases sociales. Clases sociales que poseen intereses diametralmente opuestos y por ello se ven en constante conflicto. El desarrollo de este proceso en la Argentina de los ’70, trajo como consecuencia una reacción en contra de las voces populares por parte de los sectores dominantes, por parte de la hegemonía capitalista. La Lucha de Clases había alcanzado entonces tal punto que aquí como en buena parte de América Latina, hubo agrupaciones políticas que maduraron la idea de la toma del poder. Así, muchos se planteaban seriamente barrer con los pilares del capitalismo y poco a poco organizar la sociedad a través de otras bases, las bases del socialismo. Por tanto, muchos militantes de aquella época luchaban por una sociedad con justicia pero no cualquiera sino una justicia socialista. Esto implicaba enfrentar a poderosos y privilegiados grupos económicos y políticos, implicaba construir poder para dar batalla, abolir la división clasista y parir la nueva sociedad.
En ese contexto de efervescencia política se puso sobre el tapete cómo cambiar la sociedad y de allí el debate de la lucha armada. De esto modo, la lucha de clases, a veces velada y subrepticia se manifestaba abierta y explicitando sus intereses. La hegemonía burguesa se ponía enteramente en cuestionamiento por parte de agrupaciones que nacían con una concepción obrera, una concepción revolucionaria. Y la reacción burguesa no se hizo esperar. Ya en el ’66 con la dictadura de Onganía y luego, más decidida que nunca a poner la balanza a su favor, a restablecer el orden de opresión social, con el golpe del ’76.
Justamente, lo sistemáticamente sangriento del proceso iniciado por Videla es un síntoma de hasta que punto los sectores dominantes habían analizado la necesidad de un escarmiento de las fuerzas populares. No se les pasó la mano, se propusieron “aleccionar” al pueblo.
Ejecutado uno de sus propósitos, el régimen de facto se empezó a agotar. La salida democrática se asomaba y ganaba adhesiones. Se hacía fuerte la idea de participar en elecciones, de elegir representantes. Y mientras más se fortalecían los “valores democráticos”, ya con Alfonsín como presidente, la justicia condenaba a los ejecutores de la ofensiva burguesa. Sin embargo, esa condena ya no era la misma que hacían aquellos que dejaron su sangre en la lucha de clases. Y si bien hace unos años, necesariamente se avanzó en ciertos procesos judiciales que condenarán a represores de aquella década, nosotros nos proponemos la memoria y también la lucha. Nos proponemos el recuerdo que condena represores y que cuestiona el sistema social que aquellos enfrentaron con sus vidas. No es que preferimos un modelo u otro. ¿Por qué tenemos que elegir entre el estado benefactor o el neoliberalismo? ¿Por qué tenemos que elegir entre menemismo o kirchnerismo?
Esos luchadores que evocamos sí hay algo que nos enseñan, es a forjar sueños y utopías. Nos enseñan a que una sociedad distinta es posible en determinadas condiciones. Nos enseñan a querer más de lo que nos ofrece el sistema. No nos conforma ni un modelo ni el otro, queremos otro sistema social. Si adherimos a frases como “el comunismo ya fue”, a “eso de cambiar el mundo es cosa del pasado” o al “hay que adaptarse a las nuevas circunstancias” (un feo eufemismo de la resignación) hacemos memoria pero una memoria apolítica, sin filo revolucionario.
Si en cambio tomamos la senda de estos militantes que nos precedieron en la lucha, nos estaremos identificando con ese campo popular de contrahegemonía que se propone con cada esfuerzo cotidiano un solo horizonte: contribuir a que la clase obrera se ponga en pie por una sociedad distinta, una sociedad socialista.
Y este hacer memoria es parte de una continuidad, por que los jóvenes de hoy en día, esos que padecen las políticas de una criminalización que se propone dejarlos sin aspiraciones, sin sueños, sin iniciativa, nos muestran ejemplos de que, poco a poco, se puede cambiar, de que se puede romper con la apatía. En ellos hay que transmitir la esperanza que tenían aquellos protagonistas del cambio social en los ‘70.
-En ese contexto de efervescencia política se puso sobre el tapete cómo cambiar la sociedad y de allí el debate de la lucha armada. De esto modo, la lucha de clases, a veces velada y subrepticia se manifestaba abierta y explicitando sus intereses. La hegemonía burguesa se ponía enteramente en cuestionamiento por parte de agrupaciones que nacían con una concepción obrera, una concepción revolucionaria. Y la reacción burguesa no se hizo esperar. Ya en el ’66 con la dictadura de Onganía y luego, más decidida que nunca a poner la balanza a su favor, a restablecer el orden de opresión social, con el golpe del ’76.
Justamente, lo sistemáticamente sangriento del proceso iniciado por Videla es un síntoma de hasta que punto los sectores dominantes habían analizado la necesidad de un escarmiento de las fuerzas populares. No se les pasó la mano, se propusieron “aleccionar” al pueblo.
Ejecutado uno de sus propósitos, el régimen de facto se empezó a agotar. La salida democrática se asomaba y ganaba adhesiones. Se hacía fuerte la idea de participar en elecciones, de elegir representantes. Y mientras más se fortalecían los “valores democráticos”, ya con Alfonsín como presidente, la justicia condenaba a los ejecutores de la ofensiva burguesa. Sin embargo, esa condena ya no era la misma que hacían aquellos que dejaron su sangre en la lucha de clases. Y si bien hace unos años, necesariamente se avanzó en ciertos procesos judiciales que condenarán a represores de aquella década, nosotros nos proponemos la memoria y también la lucha. Nos proponemos el recuerdo que condena represores y que cuestiona el sistema social que aquellos enfrentaron con sus vidas. No es que preferimos un modelo u otro. ¿Por qué tenemos que elegir entre el estado benefactor o el neoliberalismo? ¿Por qué tenemos que elegir entre menemismo o kirchnerismo?
Esos luchadores que evocamos sí hay algo que nos enseñan, es a forjar sueños y utopías. Nos enseñan a que una sociedad distinta es posible en determinadas condiciones. Nos enseñan a querer más de lo que nos ofrece el sistema. No nos conforma ni un modelo ni el otro, queremos otro sistema social. Si adherimos a frases como “el comunismo ya fue”, a “eso de cambiar el mundo es cosa del pasado” o al “hay que adaptarse a las nuevas circunstancias” (un feo eufemismo de la resignación) hacemos memoria pero una memoria apolítica, sin filo revolucionario.
Si en cambio tomamos la senda de estos militantes que nos precedieron en la lucha, nos estaremos identificando con ese campo popular de contrahegemonía que se propone con cada esfuerzo cotidiano un solo horizonte: contribuir a que la clase obrera se ponga en pie por una sociedad distinta, una sociedad socialista.
Y este hacer memoria es parte de una continuidad, por que los jóvenes de hoy en día, esos que padecen las políticas de una criminalización que se propone dejarlos sin aspiraciones, sin sueños, sin iniciativa, nos muestran ejemplos de que, poco a poco, se puede cambiar, de que se puede romper con la apatía. En ellos hay que transmitir la esperanza que tenían aquellos protagonistas del cambio social en los ‘70.
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